Comerás flores

Por fin he acabado el libro del que todo el mundo habla. Y los libros son como las canciones: te acompañan durante momentos concretos de la vida y te ayudan a redimensionar aquello que sucede a tu alrededor (siempre y cuando seas capaz de levantar la vista del texto).

Normalmente leo muy deprisa, pero Comerás flores es un libro que se me ha hecho bola, se me ha atragantado en la garganta como cuando vas a llorar y las lágrimas no salen.

Las lágrimas no salen desde hace días. A veces siento que quiero llorar y gritar y no puedo, porque, como con el libro, algunas cosas se han quedado en mi garganta. Algunas tristezas mueren allí, en un mar de lágrimas que no salen. Y en algunos teléfonos que ya no responden.

Y tengo miedo. Tengo un miedo atroz a que suceda aquello que ha hecho que todo este libro de violencia silenciosa merezca la pena, cuando la autora dice:

“Te traigo un recuerdo que se fundirá en tu memoria para que lo confundas con otros. Te lo traigo ahora que todavía no te hace falta. No le darás importancia, porque es mío, pero es un recuerdo que saldrá disparado como un resorte cuando esa persona te grite. O te susurre. O te calle.”

Esos recuerdos viven en ti, en mí y en todas las personas que hemos sufrido violencia silenciosa. Violencia verbal disfrazada de un “vivimos en una casa muy pequeña, no hay más sitio que esa balda para ti”. Y esa balda se convertía en tu vida, en tu salvoconducto repleto de cosas que no eran tuyas por si tenías que huir.

La maleta siempre lista y la balda llena de sus cosas, que parecían tuyas, pero nunca lo fueron. Su camiseta pequeña que usabas de pijama, su pantalón que usabas de vez en cuando para ir a hacer la compra, un par de libros —suyos también— y un desodorante.

Y eso es todo lo que dejé en esa casa cuando me fui.

Y él no se dio cuenta de que me había marchado hasta que jamás tuve que volver, porque no había nada mío allí. En mi balda. En mi balda de cosas suyas disfrazadas de mi, teñidas de mi presencia.

Me da miedo seguir siendo esa chica que no es capaz de deshacer la maleta, que no es capaz de dejar de tener un plan B, un plan C y un plan Z. Mil millones de opciones para escapar por si las jaulas de cristal todavía existen y quieren atraparme.

Me pregunto si algún día conseguiré ocupar un espacio en algún lugar, si llegaré a sentir que una casa que no es mía puede ser mi hogar o si seré capaz de inundar con mi presencia la vida de otras personas.

Ojalá el tiempo nos dé a todos nuestro espacio.

Y ojalá un libro como Comerás flores me hubiera parecido intrascendente, insulso y demasiado “lista de la compra” sin más. Ojalá esa página jamás hubiera abierto mi cajón de los recuerdos. Ojalá los acelerones en los coches no me hubieran despertado los trompos que alguien se empeñaba en hacer cuando yo era demasiado ingenua como para pararle los pies.

Ojalá la violencia silenciosa no fuera tan real y los recuerdos no dieran tanto miedo.

Nos leemos prontito.

Júlia Esteve

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