Después de esperar más de la cuenta y de que desapareciera de las carteleras la nueva visión de Cumbres borrascosas, acabo de terminar de ver la película. Leí el libro hace un par de meses, con la esperanza de ir al cine y disfrutar de Jacob Elordi en pantalla gigante durante (al menos) dos horas. Una torpeza por mi parte, porque sale demasiado guapo y en el cine seguro que se veía bastante mejor que en mi Ipad.
El libro lo compré en la Casa del Libro, en una edición preciosa de la Editorial Austral, que hace ya tantos años me descubrió a Virginia Woolf cuando todavía buscaba tener una habitación propia en Barcelona. Sin saber quién era la autora ni de qué iba el libro, me sumergí de repente en ese mar de palabras que tanto necesitaba.
Lo que me queda claro hoy es que hay dos versiones de Cumbres borrascosas, dos historias, dos romances que, al final, no se parecen en nada. ¿Con cuál me quedo yo? Con la moderna, evidentemente.
La antigua sería como la María Antonieta de los libros de historia… la nueva, como en el caso de Sofia Coppola, mucho mejor: una visión actualizada del amor más encarnizado y desromantizado que podáis imaginar. Un amor, como diría Estellés «brusc i salvatge«.
Los amores trágicos enganchan, y Emily Brontë escondió entre líneas esta nueva historia, este nuevo romance furtivo y descarnado que describe Emerald Fennell. Escenas que no evocan, sino que teletransportan, explícitas e implícitas a la vez, donde el poder de la imagen y la dirección de fotografía traspasan la pantalla…
Pero, sin duda, el giro que se le da al personaje de Nelly Dean, convirtiéndola en una auténtica villana políticamente correcta, es… simplemente espectacular.

Voy a tratar de no hacer spoiler (no sea que alguien haya sido tan descuidada como yo y haya esperado a este preciso momento para ver la peli). Nelly Dean, en el libro, narra la historia dentro de la historia, pero en la película hace muchísimo más. Se convierte activamente en provocadora de desgracias y, seguramente, si lo analizamos bien, en el libro también.
Siempre contamos nuestra versión de los hechos en absolutamente todo, y esta siempre está edulcorada hacia nuestro propio beneficio. Y eso es lo que probablemente hizo Nelly Dean en todas las versiones clásicas de esta historia: empastelar el relato en su propio beneficio.
¡Suerte que Emerald Fennell vio que todo esto podía ser muchísimo más!
Pero, en fin… si de una cosa estoy segura es de que a Rachel Green también le habría conectado más esta visión de la historia que con el libro, que Phoebe Buffay tendría alguna ocurrencia genial, y que me encantaría comentar las diferentes versiones con la mismísima Rory Gilmore.
Si de mí dependiera, la próxima película de Margot Robbie debería estar dirigida por Lena Dunham, y no admito discusión al respecto. Desde Girls no se ha hecho nada que se le parezca más que la versión feminista de Barbie. Juntar a estas dos mujeres sería para mi un sueño y fijo que encontrarían a un guaperas que le diera el contrapunto al asunto (y una gran excusa para ir al cine).
Nos leemos otro día, cuando tenga tiempo de seguir reposando ideas para vosotros.
Atentamente,
Júlia Esteve







