Mudanzas

Cuando analizamos el término mudar, nos damos cuenta de que también significa cambiar de piel. Y eso, si no eres un reptil, duele.

Cambiar un hogar por otro es un proceso que ilusiona, abruma y transforma a partes iguales. Hace años, mudarse solo significaba cambiar el lugar donde dormiría durante las próximas semanas, meses o años. Me convertí en una persona pegada a una maleta, capaz de hacer de un rincón, una habitación prestada o un hotel con vistas al mar mi hogar durante unos días.

Tenía un modus operandi muy definido: colocar en esos espacios pequeñas cosas que demostraran que yo vivía allí. Una foto de alguna amiga o de mi abuela, una mesilla de noche llena de libros y, por supuesto, mi ordenador y mi cámara de fotos abandonados en cualquier rincón. La sensación de libertad que desprendía la primera copa de vino en una casa nueva era, sin duda, la dosis de dopamina necesaria para no sentirme sola.

En aquella época llenaba las despensas de queso y pasta, aunque debo reconocer que casi siempre comía fuera. Lo poco que sobraba de invertir mi sueldo en casas de alquiler lo dedicaba a la comida, llenando mi estómago de una felicidad mundana y tangible. En el verano de mi vida —ese que viví entre viñedos, cocinas y playas como si se tratara de un anuncio de Estrella Damm— afiné tanto el paladar que acabé comiendo en el mismo restaurante de Reus casi cada día.

Las mudanzas no dolían porque no eran definitivas. Eran temporales, aleatorias y estaban llenas de posibilidades. Pero hoy enfrentarse a una mudanza es mucho más difícil. Mudarse significa cambiar, significa romper y también dar un paso de gigante en la vida adulta.

Quizá por eso siento que nunca he terminado de mudarme. Siento que sigo con un pie aquí y otro allá, intentando infructuosamente no perder espacios. Navegando entre mares de cajas, armarios, maletas, sueños y proyectos sin llegar a asentar nada sobre tierra firme.

A veces pienso que soy más líquida que el propio Bauman y que, precisamente por eso, me abraza un mar de dudas. Porque fluir está muy bien cuando tienes veinte años, pero a los treinta parece que lo que toca es cultivar, sembrar y confiar en que algún día llegará la cosecha.

Creo que mudarse es, sin duda, un acto de fe en una misma y un ejercicio de valentía brutal.

Así que sí, me mudo, de piel y de cajas ordenadas. Sin prisa pero sin pausa a un lugar llamado: centro de gravedad permanente.

Nos leemos,

Júlia Esteve

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